Wild camping en Escocia

Era la madrugada y yo daba vueltas en la bolsa de dormir. Me puse a mirar para arriba con los brazos afuera de la bolsa en posición de féretro y me pareció escuchar algo. Abrí los ojos, como si así pudiera escuchar más —es como un instinto pelotudo que tengo cuando esta muy oscuro el ambiente y quiero mejorar mi audición. Me asomé por la ventanita triangular de la cabecera de la carpa para ver si veía algo: nada, todo negro.
Volví a mi posición de momia y traté de cerrar los ojos. Entonces, pasos. Pasos rápidos al lado de mi cabeza, ahí afuera. Me quedé dura un segundo y pensé, para tranquilizarme, en lo que me había dicho la señora de la cafetería la tarde anterior cuando le pregunté por un buen lugar para poner la carpa: «quedate tranquila que no te va a molestar nadie».
Volvió el silencio y cerré los ojos pero al rato, devuelta: pasos, adelante y atrás de la carpa.

Era la primera vez que hacíamos wild camping, que es el arte de acampar en la naturaleza por pocas noches, siempre y cuando no molestes a nadie. Esa tarde habíamos caminado con las mochilas hasta el Castillo de Blackness, un castillo medieval que está en la punta de una península —todo muy dramático—, y cuando empezó a bajar el sol armamos la carpa en la colina de atrás.

La época medieval me seduce. Me refiero a que subir y bajar las torres del castillo y caminar por los patios, los balcones, los pasadizos, me estimulaba la imaginación: fantaseaba con las personas yendo y viniendo, el olor a bosta, los prisioneros en los calabozos. El ejército inglés bombardeó el castillo en el 1600 pero dos o tres veces después en la historia lo reconstruyeron para que siga funcionando, primero como cárcel, después como depósito de municiones. A pocos metros de nuestra carpa teníamos las ruinas de una capilla —también bombardeada por el mismo ejército— que usamos de base para hacer el fuego (todo controlado, nada de quemar ruinas históricas o prender fuego un país).

Yo, que seguía acostada sin mover un dedo, con los ojos muy abiertos y pensando en la historia del castillo y todo lo que pasó ahí durante estos siglos, juraba que los ruidos de afuera eran pasos de fantasmas, del espíritu de algún carcelario girando al rededor nuestro.

El interior del Castillo de Blackness.

Apenas hubo luz, me levanté. Me fui a buscar un hueco entre los yuyos para hacer pis y ví, desde lo alto de mi colina, una familia que había acampado en la playa. Bajé un poco entre las rocas esquivando conejos para ver mejor: habían dejado los restos de una fogata, los troncos quemados puestos en círculo, en la arena. Nosotros también habíamos pensado en acampar en la playa pero siempre está el miedo a que la marea suba en medio de la noche y terminemos flotando en los aislantes en el medio del mar.
Fui y vine diez veces porque desde todas las posiciones me sentía observada, hasta que encontré un lugar medio escondido, entre plantas y rocas altas, desde donde la familia no me podía ver y me agarré del tronco de un arbusto para mear. Cuando estaba terminando sentí algo que me pinchó la nalga derecha. Pensé que eran unos yuyos con espinas, como los que habíamos arrancado la noche anterior para que no se lastimara el piso de la carpa, pero mientras volvía al campamento no podía parar de rascarme la cola. Me contorsioné para mirarme atrás y ví que tenía una fila de ronchas rosas tipo globos de ampollas. Me desesperé: la actividad paranormal de la noche anterior, las arañas que maté (mató Nico) antes de meterme a la carpa y ahora la alergia propagada en mis cachas. Era un camping más salvaje de lo que había pensado.

Nuestra primera vez: no sabíamos ni cómo armar la carpa. Se ven los vecinos que salían a caminar o pasear los perros. A la derecha, el mar. Y a la izquierda, también, aunque en esta foto no se ve.

Tres noches después siguieron pasando cosas raras.
Hicimos dedo para llegar a Stoneheaven y nos levantó Tom, que estaba manejando hacía doce horas para reencontrarse con su mujer lituana y su bebé, y le hizo muy feliz nuestra compañía. Tom nos dejó de frente al Castillo de Dunnottar. Los castillos de Escocia son como las Iglesias de Italia: están en todos lados, y la combinación castillo-mar-acantilado te corta la respiración.
Caminamos por los alrededores y terminamos plantando la carpa atrás de un monumento a los caídos en la guerra, en la parte alta de una colina pero un poco más lejos del mar. Buscamos el pasto más mullido y cuando estaba bajando el sol nos pusimos a cocinar. Lo que me encanta de Escocia es que, como es legal acampar libre, la gente pasaba al lado nuestro mientras estábamos armando la carpa sin decir nada, sin mirarnos, como que no les importa ni les sorprende. Terminamos cenando a oscuras, sentados en el los escalones del monumento que nos reparaba un poco del viento, y entonces vimos pasar, a toda velocidad, dos anillos de luz verdes que flotaban y se movían a unos ochenta centímetros del pasto. Iban y venían rapidísimo. Cuando estaban más cerca, me paré —otro acto reflejo pelotudo cuando algo me da miedo, pararme para verlo mejor. Y apareció la silueta de un señor y vimos que los anillos eran los collares de sus perros; me quedé más tranquila.

Esa noche llovió y hubo mucho viento. Las gotas de lluvia golpeando el sobre techo de la carpa me despertaban: la carpa es tan baja que la oreja queda casi pegada a la tela y el ruido es muy fuerte. No sabía si la carpa iba a aguantar el agua ni el viento, pero al final no entró ni una gota y la carpa se quedó en su lugar, como una campeona. La mañana siguiente nos levantamos y todo al rededor nuestro había cambiado: lo único que veíamos era una neblina blanca y espesa, casi no se distinguía el monumento, que estaba a dos o tres metros nuestro, no se veía el mar y caía una llovizna muy finita así que tuvimos que levantar todo con los pilotos y las fundas de las mochilas puestas; todo era húmedo y gris. Primero nos matamos de risa porque al fin, después de dos semanas viajando por Reino Unido sin ver una nube, conocíamos el verdadero clima escocés. Pero después, cuando empezamos a buscar el camino para bajar de la colina y salir a la ruta para hacer dedo, con la cara empapada y los pies fríos, empezamos a pedir que saliera el sol.

Con la neblina, el Castillo Dunnottar y el acantilado habían desaparecido.
Al fondo arriba se ve el monumento: a pocos metros pusimos la carpa.

La magia del wild camping no es sólo estar entre la naturaleza, sobreviviendo. Viajar con la carpa en la espalda sabiendo que, por el motivo que sea, podes poner un techo para dormir, es la sensación más linda de libertad y seguridad, como si el mundo fuera tu casa, igual que un antiguo nómada.


De a poco nos fuimos soltando más. Mirábamos los pastos altos y mullidos con cariño, veíamos un rincón solitario y nos parecía una base potencial para armar campamento. Una tarde quedamos varados en Banchory, un pueblo muy chiquito al oeste de Escocia. Era tarde para seguir avanzando y empezamos a caminar por el pueblo en busca de un parque o una plaza para poner la carpa. Caminamos con una garúa molesta en la cara hasta que encontramos un parque dividido en dos por una calle arbolada: de un lado, mucho pasto y algunos juegos de plaza y del otro, una serie de canchas de fútbol o rugby y más verde. No había casi nadie y nos pareció bien instalarnos sobre la calle arbolada, en un costado, un poco escondidos entre dos árboles. La ubicación era perfecta porque teníamos a trescientos metros los baños públicos y más cerca unas pérgolas de madera con bancos para refugiarnos de la lluvia en la cena (en Escocia hay baños públicos en todos los pueblos y no hay que pagar nada para usarlos). Levantamos la carpa, dejamos las cosas adentro y nos fuimos a tomar un café al único bar que encontramos.

Algo que sentí en Escocia haciendo wild camping es la seguridad de dejar todas mis cosas en un lugar público y saber que nadie las va a tocar, que van a seguir ahí. De a poco, viajando, acampando, me separo de los miedos que cargo de Buenos Aires. Empiezo a ver el mundo como un lugar de gente solidaria, donde lo normal es la confianza, donde el otro deja de ser una posible amenaza y se convierte en un par.

Cuando volvimos, una hora después, las canchas se habían llenado de gente. Iban cayendo los chicos del colegio a hacer deporte, los padres llegaban con los autos a buscarlos y estacionaban al rededor nuestro. Había aparecido el pueblo entero después de la siesta. Me sorprendió ver a los chicos jugando abajo de la llovizna como si nada, ni siquiera se refregaban los ojos, y en ese momento pensé que hacer educación física en medio de ese paisaje verde y sobre ese campo enorme y en un espacio público te magnifica, es como jugar a la pelota con un cuadro de fondo, y me acordé dónde hacía yo educación física, transpirando los días de calor abajo de un techo de chapa, entre cuatro paredes. ¿Cuánto puede influir en un adolescente el ambiente en donde se desarrollan sus actividades?.

Cuando se empezaron a llenar las canchas…

Esa noche en el parque de Banchory dormí profundamente hasta las tres de la mañana. Primero sentí que Nico se movía —y adentro de nuestra carpa si se mueve uno nos movemos todos. Me desperté del todo cuando vi una luz fuerte apuntando hacia nosotros. Espiamos por las ventanitas: teníamos enfrente una camioneta estacionada con las luces prendidas en dirección a nuestra carpa.
Lo primero que pensé fue «es la policía que viene a sacarnos». Después, se apagaron las luces y escuché voces que venían de adentro de la camioneta. Yo empezaba a tener muchas ganas de hacer pis y la pareja no se iba; charlaron por cuarenta, cincuenta minutos, y yo que me meaba. Esperé, y cuando escuché el motor que se encendía, me puse la campera y las zapatillas dispuesta a cruzar todo el pasto mojado del parque, abajo de la lluvia, para ir hasta el baño público pero se me ocurrió una mejor idea, así que terminé regando, sin puntería, el costado de la cancha.


Podría escribir un libro sobre el incordio. Acampar es incómodo. Ya no tengo el control que tenía cuando vivía entre las paredes de mi casa, en el barrio conocido, en la ciudad donde nací: estoy afuera, no reconozco ni los sonidos, soy una extraña viviendo en la naturaleza. Mi cabeza vuela cuando escucho el viento moviendo la tela de la carpa y yo pienso que son fantasmas. Abro un cierre y tengo el mundo ahí delante, inmenso, inabarcable, y da miedo: no pensaba que la libertad podía ser tan abrumadora. Pienso que eso estoy aprendiendo de acampar —y de viajar: de ver que todo es tan grande, y yo soy tan chica, y que el mundo no es mío pero yo también soy parte del todo.


*Bonus track

· Este es el reglamento oficial de Escocia para actividades al aire libre.
· Este es el sitio oficial que usé mucho para investigar sobre acampar y viajar a Escocia.
· Esta es la canción de Jorge Drexler en la que pensé mientras escribía este post.

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