Por qué me gusta vivir en Edimburgo

“Welcome home.”
Oficial de migraciones en el aeropuerto de Edimburgo.

Muchas veces me preguntaron por qué vivo acá. A veces no sé qué decir, la historia es muy larga, hay muchas razones, pero lo que sí puedo responder con seguridad es por qué me quiero quedar. Estas son mis siete razones por las que me gusta (mucho) vivir en Edimburgo.


Edimburgo está claramente marcada por las estaciones del año; no lo digo sólo por lo visual, que es muy obvio: en verano, el follaje verde es explosivo, los yuyos al costado del canal me llegan hasta la cintura, los arroyos y las cascadas rebalsan de agua; en otoño hay mil tonos de amarillo y marrón por toda la ciudad; en primavera las flores crecen como hongos y, especialmente los cerezos, ver los árboles florecidos es un espectáculo, y en invierno el sol siempre está muy bajo y pega poco los árboles pelados me dejan ver las montañas que hay detrás desde la ventana de mi casa. Pero también Edimburgo es muy obvia y estacional en sus actividades: en otoño todo el mundo sale a caminar con un chocolate caliente en las manos y las vidrieras de los negocios se decoran con calabazas, en verano nos ponemos vestidos floreados con campera de jean y hacemos picnic y asados en los parques, en Navidad vamos al mercado y tomamos vino caliente. Los días son largos cuando tienen que ser y las noches son largas en los meses de invierno y, si bien en cada temporada hay sorpresas, como un verano muy lluvioso, o una ola de calor, o una nevada en Mayo, en líneas generales las estaciones se muestran y me ordenan el año, le dan un ritmo a mis propias actividades (cuándo es el momento de hacer un viaje en bici y carpa y cuando el de armar un rompecabezas en casa) y ese orden temporal junto con el cambio visual hace que la ciudad se viva distinta en cada etapa del año.

En Edimburgo hay subidas y bajadas (algunas leves, a veces un poco imperceptibles, otras más dramáticas), hay mar que es bahía por lo que el agua es muy tranquila, hay arroyos que pasan por parques y barrios, hay colinas y hay calles irregulares, que no siguen un patron de ortogonalidad, entonces hay callejones, rincones, calles cortas y largas. Y caminar por una ciudad así, espacialmente tan compleja, genera mucha sorpresa en el peatón y hace que te den más y más ganas de querer ver qué hay más allá, qué hay detrás del muro, qué se ve desde aquella cima. Si además cambiamos el medio de transporte, la perspectiva cambia (desde el piso de arriba de cualquier bus es uno de mis recorridos preferidos). Hace tres años que vivo en esta ciudad y siempre encuentro algo nuevo y ese estímulo constante me mantiene en un estado alerta, un poco en modo turista, y me encanta.

Siempre cuento esta historia de cuando visité otra ciudad grande Europea y al salir del aeropuerto fui a tomar uno de los buses que te llevan al centro de la ciudad, y la persona que estaba organizando a la gente en la fila para subir al bus era muy hostil. Nos gritaba y nos trataba de estúpidos, como si no entendiéramos lo que decía, nos hacía mover como ganado. Nunca entendí por qué una persona pensaría que está bien recibir a los turistas (o locales) con esa actitud desgraciada, como de no tener ganas que la gente pise la ciudad o llegue al centro, cuál es la necesidad. Y también siempre cuento lo que viví a la vuelta y me baje del avión en Edimburgo y fui a tomar el bus que me lleva a casa, al centro de la ciudad, y la persona que vendía los tickets me sonreía, me preguntaba cómo estaba, tenía una calidez, me dijo gracias, faltaba que me diera un abrazo y me dijera bienvenida a casa. Es que en Edimburgo somos así, cálidos; sacando el caos del centro, lleno de turistas, cuando caminas por la calle la gente te sonríe si la miras. También cada uno está en la suya y por eso nadie te va a juzgar por como estás vestido o lo que estás haciendo, pero entras en cualquier local a comprar algo y te saludan cómo si te conocieran, podes hacer una conversación con alguien en la parada de bus, alguien te va a sacar una sonrisa. Eso, sobretodo para quienes venimos de afuera, minorías inmigrantes, nos hace sentir muy bienvenidos.

Creo que si hay una razón fundacional por la que vivo (vivimos) en Edimburgo es por la calidad y la cantidad de los espacios verdes. Si hubiese una competencia de ciudades, no sé qué otra podría ofrecernos lo que nos ofrece esta ciudad. Cuando visité Nueva York por primera vez sentí que había un montón de espacios verdes a pesar de ser una megalópolis. Pero la segunda vez me dí cuenta que el Central Park, que provee de espacio verde a gran parte de Manhattan, en realidad está lleno de cosas, desde bandas de jazz que suenan todo el día, puentes históricos, ferias de artistas, monopatines y bicicletas, y entonces me dí cuenta que el parque era una parte más de la ciudad, pero con árboles y pasto, igual de llena de estímulos (¡y está buenísimo que sea así!), pero esa no es la definición de espacio verde que a mi me interesa. A mi me interesa caminar diez minutos y olvidarme que estoy en la capital de Escocia, porque estoy inmersa en un bosque y escucho un río, me gusta que los parques tomen la forma que pueden, que tengan vistas y miradores, bancos, que haya poca gente, que se conecten con senderos tranquilos, con bicisendas, que se integren a la ciudad, porque eso para mí hace a la calidad de mi día a día. Lo que me lleva al punto cinco que es

Para mí Edimburgo tiene la escala perfecta entre un pueblo, por la sensación de que se puede llegar a todos lados caminando, la altura baja de los edificios, pero con todos los beneficios de cualquier ciudad europea (restaurantes con comida de todo el mundo, recitales, movida cultural y artística). Todo mucho más contenido, más compacto, pero también con suficiente espacio para la gente (en definitiva somos poco más de quinientos mil habitantes). Incluso cuando estoy en las calles principales del centro de la ciudad, siempre puedo correrme a las secundarias y encontrar tranquilidad de nuevo.

¿Pensaste que este iba a ser una razón para que no me guste Edimburgo? Bueno, muchas veces no me gusta el clima. Los vientos son muy fuertes, hay días que llueve sin parar y en verano pocos días llega a hacer mucho “calor”. Pero hay algo que sucede con frecuencia que es que un día parece ser soleado y cálido pero en pocas horas, minutos, quién sabe, se puede transformar en una tormenta de viento, y entonces quienes vivimos acá aprendemos la lección: hay que salir ahora, cuando se puede, cuando está el sol. Porque después, todo puede pasar. Lo mismo al revés, si un día empieza mal, dale tiempo porque puede mejorar (es muy probable que lo haga, o que cambie). Esa inestabilidad del clima me hizo cambiar mi actitud frente al presente. Y se lo agradezco.

Yo vivo en el piso 2 en un edificio de fines del 1800 con doce departamentos y sólo en este edificio se hablan cuatro idiomas. ¿No es espectacular que una normalice la diversidad? Caminar por la calle y ver personas distintas, muy distintas a mí, en la ropa, en la piel, en las costumbres, en el género. Tal vez porque Edimburgo es una ciudad llena de estudiantes, no sé cómo sería antes del Brexit, cuando cualquier ciudadano europeo podía venir a vivir y trabajar, pero si hay un lugar para sentirte libre de ser quien sos, es acá.

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