Nieva en Edimburgo


Salgo de la ducha; tengo el pelo enredado, la cara seca, los toallones en la mano. Nico me dice “¡está nevando!” y entonces camino descalza hasta el bow window del comedor —el piso de madera cruje— y veo que cae nieve sin parar, como si vaciaran baldes de papelitos blancos desde el cielo. 

Tiro los toallones húmedos en la cama y me pongo un buzo, la campera, el gorro arriba del pelo mojado, los guantes lo más rápido que puedo: tengo miedo que pare de nevar. Salimos los dos —las puertas de esta casa siempre abiertas, nunca con llave—, abro la reja bajita de la entrada, piso la vereda y estiro el brazo para que los copos aterricen en la palma de mi mano enguantada. No hace tanto frío como pensaba. Siento cómo la nieve me toca la cara y me encanta. Camino y sonrío y me acuerdo de esa primera vez que vimos nevar en una ciudad y de cómo nos reíamos sólo por ver el aguanieve deshacerse en la vereda, pero esta vez y en esta ciudad nieva más, no para de nevar; ya no me molesta el invierno. Caminamos hasta el parque —el piso de nieve cruje— sin cruzarnos con nadie excepto por un chico paseando al perro; no pasa ni un auto. Veo una silueta que se mueve, creo que es un zorro. Me paro en una esquina iluminada por un farol y levanto la cabeza para ver el cielo que está oscuro —son casi las once de la noche— aunque no tan oscuro, porque hay cierto resplandor, como si hubieran prendido una luz violeta atrás de una manta negra y ahora la luz quiere escapar, igual que si tapara una linterna encendida con la mano y viera mi mano ponerse rojiza, haciendo un esfuerzo por mantener la opacidad.

Miro para arriba y veo cómo los copos caen en diagonal hacia mi cara; parece una escena de un viaje en el espacio, yo viajando a la velocidad de la luz, atravesando una galaxia de estrellas o de copos, que se deshacen cuando me tocan las pestañas. Saco la lengua para derretirlos también con el calor de la boca y me quedo en esta esquina hipnotizada unos segundos. Pienso que el zorro debe verme: una chica sola en una esquina iluminada, mirando hacia arriba, los brazos separados del cuerpo, la lengua afuera. Me empiezan a molestar los copos en los ojos pero a la vez no quiero dejar de mirar: me parece un espectáculo. Salto un poco con movimientos torpes porque estoy contenta y vuelvo a casa; me dan ganas de sacudirme la nieve como un perro antes de entrar, pero soy más modesta y me saco los zapatos en la entrada y cuelgo la campera en la puerta. 

Me pongo a lavar los platos que quedaron de la cena y levanto la mirada para ver por la ventana de la cocina cómo está quedando el barrio: los techos, los autos, todo cada vez más blanco, como si lo pintaran en vivo. 

En la cuadra de enfrente hay una mujer. Tiene una campera verde con capucha y baila sola de esquina a esquina. Va y viene en los mismos cien metros —para mí siempre ir de una esquina a otra esquina van a ser cien metros— y baila como si bailara cumbia vieja, con la mano para arriba, después como si bailara música electrónica, saltando un poco, sacudiendo la cabeza. Dejo los platos y la sigo con la mirada; a veces la pierdo de vista porque queda atrás de un auto y entonces la espero para ver qué hace, para ver si está bien o si no, si está bajo el efecto de la nieve o de otra cosa. Es como un baile scout alrededor de una fogata helada. Le agradezco un poco de parte de todos por festejar con el cuerpo, porque no entiendo cómo no hay más gente en la calle tirándose bolas, cantando —aunque también me digo que la mujer está un poco loca. Pienso en que la puerta de casa nunca está cerrada con llave. Le tengo miedo a una mujer que baila sola abajo de la nieve, yo no estoy bien. 

Cierro la canilla. Veo a la mujer abrir un postigón de madera y entrar a un jardín, después abrir la puerta de la casa y desaparecer de mi vista.



Ahora es la mañana; corro las cortinas de la ventana esperando ver el patio blanco, igual que esperaba a las doce en punto el día de Navidad para ver los regalos abajo del árbol, pero está lloviendo y la lluvia está lavando la nieve. 

Me cruzo a mi vecina; me dice que ayer vio un zorro en la puerta de casa. 

*

1 comentario

  1. Qué linda experiencia.!!!!…, siempre dispuestos a encontrar el disfrute en pequeñas cosas. Bienvenidas las nuevas sensaciones en el cuerpo!!!!😀😀🥰

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