Hasta la raíz


Aquello que hay en mí, que no soy yo, y que busco.
Aquello que hay en mí, y que a veces pienso que
también soy yo, y no encuentro.

(Fragmento del prólogo de «El discurso vacío»), Mario Levrero.


Entré al cementerio de Saluzzo, ví la primera lápida con el apellido Dalbesio y me agarró un dolor de panza muy fuerte; me toqué el bajo vientre con la mano derecha y me agaché del dolor. Salí corriendo, con la foto en blanco y negro del muerto con mi apellido en la cabeza. Me parecía raro, muy raro, ver mi identidad en una pared. Dalbesio, un apellido que no parece italiano, que siempre pensé que era sólo de mi familia porque nunca conocí otros Dalbesios por el mundo.

Llegué a la esquina y subí las escaleras para entrar al supermercado y usar el baño. Acababa de comer una ensalada fría en la puerta del cementerio y me juré que era eso lo que me había caído mal y no el primer encuentro con mi pasado. Quería vomitar, largarlo todo. 


Cuando empecé a juntar papeles para hacer mi ciudadanía italiana tuve mucha curiosidad por mi pasado. La ciudadanía la hice por parte de mi abuela, de apellido D´adam, y ahí no hubo mucho que investigar porque yo heredé de mis tíos y primas, que ya tienen sus ciudadanías, casi todos los documentos y entonces tenía bastante información. Y no es que D´adam no sea mi origen también, es que yo quería saber más sobre mi apellido, porque en definitiva es mi nombre, el que está escrito en mi DNI, y es lo que siento más propio. Estudiar las raíces en el árbol genealógico me parece un camino maravilloso, pero al final creo que la identidad queda definida en cómo nos hacemos llamar toda la vida.
Un día, mi papá me trajo un montón de fotocopias de todos los papeles de la familia Dalbesio que había en la casa de mi abuelo y ahí encontré un documento escrito a mano que decía que Juan Luis Dalbesio, el abuelo de mi abuelo, había nacido en Manta. Juan (o Giovanni Luigi, tal vez) era el último eslabón en el árbol familiar nacido en Italia.

Pintado de amarillo, la región de Piamonte. En punteado, la provincia de Cúneo. Y la cruz roja es Manta.

Después de dejar hasta el desayuno en el baño del Mercatò —el supermercado de Saluzzo—, volví al cementerio con la intención de volverme a encontrar.
Saluzzo es el pueblo “grande” dentro del conjunto de pueblos de la zona norte de la provincia de Cuneo, a la cual pertenece Manta. 

Aunque ya en Argentina había fantaseado con viajar alguna vez en la vida al pueblo y caminar por las veredas por donde caminaron mis antepasados, lo que jamás de los jamases pensé es que iba a llegar hasta ahí en bicicleta: me costó cinco mil kilómetros, un año y una cuarentena de por medio. Salí del sur de Italia en bici, viajé muy lento y un día, muchas cosas de por medio después, estaba ahí, en el Piamonte, al pie de una colina, pedaleando una cadena de pueblos, uno cada cuatro o cinco kilómetros; había una tataranieta que casi ciento cincuenta años después volvía a un pedacito de su raíz: hasta ahí llegué yo.  

Este es Juan. Para mí, parece un explorador francés de principios de siglo XX. Nació en 1884.

Caminé el cementerio y empecé a encontrar otros apellidos: el de un amigo, el de Nico, el de mi mamá —aunque deformado por una letra. Vi una «María Dalbesio» y me quise ir; veinte minutos de vueltas en el cementerio era suficiente. Me quería ir, me molestaba algo en el cuerpo. Ya no me sentía mal del estómago, me sentía mal por dentro. Se me había ido la energía. Empecé a pensar que todavía teníamos que pedalear quince kilómetros en subida hasta el camping y que ya teníamos horario de invierno así que oscurecía temprano y me quise ir con más fuerza. 

El Piamonte, como el cementerio, estaba en pausa. Había días que pedaleábamos 60, 70 kilómetros de llanura estanca: lo único que parecía vivo eran las vacas, que rumiaban tiradas en el pasto, con esa parsimonia del masticar lento, una y mil veces, las mismas hierbas. A veces hacíamos veinte kilómetros de cultivos de maíz hasta que aparecía un borgo —un conjunto de casas sobre la ruta— con algún taller mecánico de tractor o un almacén de granos, todo en estado de pseudo abandono. Nadie caminaba en la calle, era octubre y el cielo estaba siempre gris, siempre a punto de llover, siempre en el aire una neblina o un rocío, nunca supimos bien. Pasábamos por al lado de las vacas, que nos seguían con la mirada —pero sin preocuparse demasiado, girando apenas el cuello—, y veíamos grupos de casas allá a lo lejos con algún campanario de iglesia como remate. El campo, pensé. Una pandemia, pensé también (cuando atravesamos el Piamonte ya había empezado la «segunda ola» de casos en Europa).

Imaginé a esos antepasados, que emigraron del campo piamontés al campo argentino, y concluí que en Argentina se habrían sentido como en su casa.
Yo pedaleaba en silencio y pensaba en cuántas menos construcciones habría hace ciento cincuenta años, qué cosas serían distintas o iguales. Pensaba si saldrá el sol en verano. Si nevará. Pensé mucho durante esas rutas planas. Pedaleaba y cortaba campos amarillos como con una tijera, dejando una estela gris de pavimento; los cortaba con energía y con pensamientos, porque pedalear en la llanura se volvió una conversación conmigo misma. Avanzar entre campos y más campos a veintiún kilómetros por hora puede ser algo muy lento.
Yo pedaleaba sonriente incluso con ese cielo siempre a punto de llover, siempre a punto de llorar. Por momentos llegué a sentir que los únicos dos vivos en ese lugar éramos Nico y yo, los únicos dos puntos en movimiento llenando de energía cíclica la región. Cuando pasaba tiempo sin ver ni un auto, llegaba a creer que en el Piamonte estaba todo en silencio, todo en espera. Era yo la que había esperado treinta años para ir, como si conmigo volviera un pedacito de Juan, y de todos los descendientes que vinieron después. A lo mejor esa pausa que sentía fue algún deseo heredado, un deseo de un pariente que emigró esperando volver y ver todo como estaba, un deseo de una tierra que espera a los bisnietos. Quizás yo estaba ahí por todas esas generaciones que nunca pudieron ir, quizás me tocaba cerrar ese círculo, volver a pisar el origen, decirle que no lo olvidé.

SP 33 Palazzolo Vercellese – Fontanetto Po

Me encantaría saber cómo eran todos mis parientes que no conocí. Sé que había constructores y docentes en el árbol genealógico, y no mucho más. De Juan, el de Manta, que es un antepasado muy lejano —tanto que ni mi propio abuelo lo conoció— sólo sé que nació un quince de diciembre en 1884 y que su esposa, Magdalena, nació en Saluzzo, un trece de diciembre, pero tres años después. Juan y Magdalena, qué nombres bíblicos, pienso ahora que los escribo, como los míos (María y Belén), sin saber muy bien si esto una costumbre familiar o un acto inconsciente que se repite cada generación.
Cuenta algún rumor en la familia que a Don Juan le gustaba tomar y hacía apuestas, y que una vez perdió unas tierras contra sus socios ingleses; me lo imagino, con ese traje y esas botas, como en la foto, en el año 1900. Durante este viaje ví casas de apuestas en casi todos los pueblos de Italia y señores que se pedían un vasito de amaro a las diez de la mañana en el mismo bar donde yo me tomaba el capuchino, entonces siento que Juan no desencaja nada, que las apuestas y los bares son la excusa para juntarse con los vecinos, para hacer sociales, aunque hasta el día de hoy siga siendo una cosa de «hombres».
Cuántos pedacitos de Juan y de Magdalena seré; empiezo a entender que yo estoy acá por las desiciones que tomaron ellos y tantos otros que vinieron antes y después, y me siento parte de un todo más grande, infinito.

Hace más de un año, recién llegada a Italia, escribí en mi cuaderno: “en las actitudes de los italianos encuentro a mi papá: en las malas palabras que me divertían de chica (vaffanculo!), en la forma de atender el teléfono (“pronto?” en italiano, “hable?” en mi papá), en que el tema central de conversación durante una comida sea la comida, en el cambio de humor repentino (de enojado a alegre en un segundo, de alegre a enojado en otro), en el tono fuerte de los varones, a veces por arriba de la mujer, en el “grazieeee” con tonito simpático que dice mi viejo y el “graaaazie” italiano, en el amor al pan, a la masa. (…)
Veo a estos italianos varones y veo muchas cosas de mi abuelo y mi papá, no sé si en un acto de extrañitis o en un acto desesperado de querer entender por qué son así, o porque me obsesiona la idea de saber de dónde vengo, qué soy, dónde están mis raíces más profundas”. 

Una vez me preguntaron si, en este viaje por mi raíz, me había encontrado a mí, y no supe qué responder.


Al día siguiente fuimos a Manta en bici. Yo buscaba sentir alguna conexión con las veredas, ver caras familiares en los vecinos, pero no me pasó nada de todo eso. Subimos a la colina, donde están el castillo y la iglesia, lo más antiguo del pueblo, y los caminé con la ilusión de la nieta perdida que toca las mismas paredes que tocaron sus parientes allá por el mil ochocientos. Me afirmé que el castillo y la iglesia estuvieron ahí cuando todos ellos vivían en Manta y quiero creer que también caminaron donde caminaba yo, por los jardines de la colina. 

Los puntos amarillos son los pueblos al pie de la colina.

Después, bajamos a la parte nueva del pueblo (una secuencia de edificios de planta baja y dos pisos) y buscamos en los timbres de las puertas —que en vez de números y letras como en Buenos Aires, en Italia tienen los apellidos de la familia que vive ahí— a ver si había algún Dalbesio, pero no. 

Nos fuimos a tomar un café con leche al único bar abierto y me acordé que hacía mil años un tal Stefano Dalbesio de Italia me había escrito al Facebook. Abrí el menssager y dije “le escribo y le digo que estoy acá”. Una hora después, estaba tomando un café son Stefano, su papá y su hermana, todos Dalbesio del pueblo de al lado; un montón de desconocidos con barbijo y el mismo apellido alrededor de una mesa en un pueblo del Piamonte. Empezamos a desenredar hilos a ver si teníamos alguna coincidencia. El papá de Stefano tuvo dos tíos, uno llamado Giovanni y el otro Luigi, y, como era común en Italia, generalmente a los hijos les ponían los nombres del abuelo; este abuelo podría ser mi tatarabuelo Juan.
También me dijeron que alguna vez se encontraron con Dalbesios de Córdoba —que yo no conozco—, pero sé que Juan murió en esa provincia. Supe que los Dalbesio somos muy pocos, que estamos todos desparramados en esa cadena de pueblitos al pie de la colina al norte de la Provincia de Cuneo. Coincidimos en dos cosas (no menores): una, que son amantes de la bagna cauda, esa salsa caliente piamontesa hecha a base de ajo, nueces, anchoas y crema —el origen de este manjar culinario está en el pueblo de Faule, cerca de Manta, donde se hace la fiesta de la bagna cauda en octubre, como para la fecha de mi cumpleaños— y dos, que siempre les escriben mal el apellido (Dalbecio, Balbechio, Dalvesio) y que les dicen que no parece italiano.
La hermana de Stefano había rastreado el apellido hasta llegar al 1700 y me contaba que antes nuestro apellido era «Dalbese» —o D´albese, pensé después, y busqué en google maps y ahí estaba: Albese con Cassano, un pueblo de la región de Lombardía (al lado de Piamonte), en la provincia de Como (antes de 1928 eran dos pueblos, Cassano y Albese, que se unieron). Justo en la semana en que empiezo a escribir este artículo, la cajera de un Carrefour de España me regala un vale para hacer un estudio heráldico de mi apellido. Fui hasta el stand, le pasé el vale por la ranura del mostrador y le deletreé Dalbesio.
—De la Lombardía —me dijo el señor, y puso el dedo en el monitor de la computadora sobre el escudo de la familia.

Entrando al pueblo.
Subiendo a la colina.
Los Dalbesio del Piamonte. ¿Ven algún parecido? (de der. a izq.: Stefano, su hermana y su pareja, el padre y nosotros).

Cuando llegamos a Europa con la idea de viajar, Nico y yo pensábamos que íbamos a rotar por países diversos. Decíamos que alguna vez tendríamos que recorrer Italia para conocer la tierra de nuestros antepasados.
Ahora que vendimos las bicicletas y que estamos procesando el viaje, todo se ordena un poco más: un viaje por la sangre, del origen de Nico, en el sur de Italia, hasta el mío, en el norte, empujados por la misma sangre que nos corre en el cuerpo —y por voluntad, mucha voluntad.
Las raíces, ese órgano dentro de la tierra.
Las raíces, todo eso que no se vé, de donde nace la parte visible: lo que soy ahora.
Al final, un viaje por la raíz es una acción egoísta; todo se trata de complacer mis caprichos existencialistas, de entender por qué tengo estos rasgos, por qué me enojo en tal situación, por qué me gusta lo que me gusta.

Me apena que mis antepasados no tomen el protagonismo que merecen, porque en definitiva escribir sobre ellos es escribir sobre mí.

Me alegra que mis antepasados tengan lugar en mi vida, porque conocerlos (aunque se trate de conocerme a mí) es mi manera de rendirles homenaje.

*

4 comentarios

  1. Me encanta todo lo que escribiste me isiste sentí que estaba allá los quiero mucho ,sigan disfrutando ❤️😘🤔

    1. Author

      Que bueno!! Muchas gracias!!

  2. Belu: me emocionó hasta las lágrimas el maravilloso relato….
    Admiro tu fuerza, tu coraje y tu decisión por animarte a llegar tan profundo y que lo que te inquieta va buscando respuestas.
    Encuentra muchas, entiende y comprende.
    Que maravilloso viaje interior estás realizando!
    Te amo mucho 💙💙

    1. Author

      Gracias a vos por tu mensaje!!!

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