En Roma con amor

Estábamos por viajar nueve días a la ciudad eterna y yo, que me entusiasmé más con París después de ver Medianoche en París, puse Netflix y busqué «Roma» porque quería fantasear con la ciudad antes de subirme al avión. Le dimos play al film de Woody Allen, que ya había visto varias veces pero nunca horas antes de encontrarme cara a cara con la ciudad, y tomé nota de una cosa en particular que, al día siguiente, y durante los días que estuvimos allá, corroboré. Primero pensé que era la fotografía de la película, o las tomas con fondos de muros de ladrillos, pero ahora pienso que es por el sol del invierno -que le pega en sus paredes de dos mil años de antigüedad- y por los árboles pelados y las hojas del otoño todavía desparramadas en las veredas. Y es que Roma es naranja. «En esta ciudad todo es una historia», dice el policía de tránsito en la primer escena. Una tarde crucé un puente mientras caía el atardecer y un violinista interpretaba O Sole mío, ¿cómo no enamorarse?. Todo es historia en Roma y todo es una historia, y el naranja debe ser el color del amor.

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«La Gran Belleza»: en la película descubrimos rincones de Roma un poco fuera del típico circuito turístico e incluso hay una toma del secreto de Roma, aquel que habíamos espiado por la cerradura de la puerta del Palacio Magistral (sede de la Orden de Malta).

Espiando
Dicen que el que mira por la cerradura descubre el secreto de Roma…

«Los dos papas»: más pochoclera, pero pudimos ver la Capilla Sixtina por dentro (había horas de fila para entrar en la vida real) aunque la de la película es una réplica.

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