Diarios de cuarentena V: El mundo exterior

El nueve de marzo de 2020 decretaron en Italia la cuarentena obligatoria como medida de emergencia frente a la pandemia del Coronavirus. Yo, que estaba de viaje con Nico —mi pareja— por Sicilia, quedé atrapada en la isla.


Me encanta mirar al horizonte e imaginarme todos los otros lugares que hay en el mundo… y todas las posibilidades.
Anne with an E


Salí de casa a sacar la basura. Desde la puerta de casa hasta los conteiners hay unas dos cuadras porteñas. De las pocas veces que salí a la calle durante esta cuarentena nunca me encontré con otros peatones, siempre me sentí mujer en planeta desierto —por lo menos hasta llegar a la fila del supermercado. 

Por la puerta de casa pasó un señor paseando al perro y a su nieta. Yo, que iba haciendo equilibrio con la bolsa de orgánicos en la mano derecha y las de reciclado en la izquierda, los miré de reojo. No sabía bien qué hacer; quise saludarlos, porque eso de encontrarse peatones en calles desiertas es como cruzarse gente en un pueblo, donde los vecinos siempre se saludan. Como los ciclistas que se levantan una mano en las rutas, como decirse buen día en un sendero de trekking en el Parque Tayrona o como sonreír a la gente que también escala el Centinela, en las sierras de Tandil. Yo siempre recibí esos saludos como un apoyo moral, un no estás sola; una señal de respeto de vida de pueblo, un código entre los que caminamos —o escalamos o pedaleamos— juntos.

El señor siguió de largo con la nieta y el perro; los vi abrirse un poco hacia la izquierda cuando les pasé por al lado y yo sentí que los tres nos mirábamos las autorizaciones: vos sacás la basura, yo paseo el perro, nadie está en falta. Me pregunté, mientras seguía caminando torcida por el peso de los frascos de vidrio en la izquierda, si desde ahora todos nos miraríamos las manos entre todos buscándole justificativos a la huida.

Crucé una avenida yerma y desolada y tiré las bolsas en los tachos. De entre los autos estacionados sobre el cordón de la vereda, apareció un chico sin barbijo ni guantes de látex. Ahí la que me abrí fui yo. Me recordé que vivo en un barrio residencial, de pocas casas y muchas oficinas y locales cerrados, lejos del centro de la ciudad, y me vibró por el cuerpo el instinto latinoamericano: no pasaba ni una paloma y yo estaba sola en una calle sin vida de Catania, entre los autos estacionados y las bolsas de basura, con un tipo a pocos metros. Estás en Europa, me dije, como si ese mantra me salvara del peligro. Estás en Sicilia, me dije después, y pensé en las mafias, en los robos; caminé rápido y perdí al chico de vista. Dos metros después temí haberme convertido en ermitaña; todos nos tenemos un poco de miedo entre todos estos días: el vecino que salió a correr y se subió el cuello de la campera hasta la nariz cuando me pasó por al lado, la mujer que se tapó la boca cuando le pasé cerca en el súper, los amigos que se encontraron en la fila de la panadería y se hablaban separados a un metro de distancia. 

Nos contagiamos de anti-humanidad, me digo.


Hace unos días entró en erupción el volcán —el Etna, el volcán más grande de Europa, dicen los diarios— y yo ni enterada. Hubo cinco kilómetros de columnas de humo y cenizas y cuentan que se escuchaban las explosiones. Otras veces vi humearlo desde la ciudad y siempre fantasee que nada podría impedir que un día erupcione en serio y tengamos una evacuación en medio de una cuarentena. Siento que afuera pasan cosas. Me llegan videos de peces saltando en el riachuelo, de lobos marinos tomando Mar del Plata, y yo todavía no estoy tan segura de si ya podemos salir a dar una vuelta, a caminar un rato en esta ciudad donde vivo —donde vivo un poco porque quise, un poco por cosas del destino. También siento que pasan muchas cosas adentro: adentro de casa, en una charla larga con amigas por videollamada, adentro de mi cabeza, que tiene su propia ninfa Etna que, como en la mitología griega, habita y arde en la montaña de mis pensamientos.


A la vuelta vi de lejos, en la otra cuadra, un señor corriendo con campera flúor. Después vino el gasista en Vespa a cambiar la garrafa. Anoche escuché al repartidor de pizza tocar el timbre de la casa de enfrente. Veo cualquier actividad de la vieja normalidad y me da un pico de esperanza: me digo que la vida está ahí, agazapada, a la espera, y sale a ratitos. 

Entré a casa justo cuando se prendían las primeras luces de la vereda y ya estaba agotada; sentía la caminata en los glúteos. Había visto el cielo muy ancho y el barrio en domingo y volvía a mi ermita, desde donde sólo veo un pedazo de cielo, recortado entre follajes y medianeras, y donde no hay fines de semana ni días festivos. Me lavé las manos, sacándome el exterior de encima, y volví en mí, ese estado introspectivo que sólo corto cuando hago una visita al planeta.


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