Diarios de bicicleta II

Historias, notas y pensamientos acerca del viaje en bicicleta por Italia. 5.000 km pedaleados, mucha pasta y días de camping.
«Cuando se miran dos objetos separados, se empieza a observar el espacio entre los dos objetos, y se concentra la atención en ese espacio, entonces, en ese vacío entre los dos objetos, en un momento dado se percibe la realidad.» J. Cortazar y C. Dunlop, “Los autonautas de la cosmopista”.
Cuando vivía en Buenos Aires iba de un trabajo al otro en las bicis de la ciudad y, muy de vez en cuando, pedaleaba por el barrio con mi propia bici, pero nunca jamás imaginé viajar del sur al norte de Italia cosiendo pueblos, regiones, montañas, comidas, dialectos.. La ruta, esa línea blanca y delgada del google maps que une un punto a con un punto b se convirtió, para nosotros, en un lugar: un lugar donde pasan (muchas) cosas y los destinos, esas etiquetas verdes guardadas en el mismo mapa digital, pasaron a ser una excusa. Todo lo que le pasa a mi cuerpo y a mi mente arriba de la bicicleta es tan intenso que, si al llegar a un lugar no me pongo a sacar fotos a los hitos turísticos, es porque entendí que TODO es el viaje y que TODO vale la pena ver. 

II. Ciclonauta

Hubo una vez que me sentí poderosa.

Un fin de semana de mil novecientos noventa y pico fuimos con mi hermano al Parque Sarmiento a estrenar las bicis que nos habían regalado —y a aprender a andar sin las rueditas de atrás. Agustín iba adelante y me sacaba cien metros de distancia. Aunque yo soy la hermana mayor, él siempre fue motriz y mentalmente mucho más fuerte que yo. Yo me iba tambaleando sobre las calles de canto rodado del parque, apoyando los pies cada dos vueltas de pedal, pero Agustín iba como sin nada, con la lengua afuera y la cabeza metida entre los hombros, como hacen los ciclistas para romper el viento y ganar velocidad, yendo y viniendo como si el piso fuese de asfalto, o como si fuese en bajada. Hechando puta, diría mi viejo.

En el fondo de mi inconsciente, me carcomía la idea de que yo —que soy la mayor— no tenía ni el equilibrio ni la habilidad de él. Lo veía tan divertido, yendo así de rápido, sin caerse; lo único que quería era alcanzarlo, ir a jugar con él.
Al final, lo que me hizo avanzar fue la velocidad: descubrí —diez caídas de por medio— que si no frenaba, la inercia me mantenía erguida en el asiento, las ruedas de la bici giraban y yo quedaba en eje, en pleno equilibrio, paralela al piso. Y entonces me sentí mas alta, como que flotaba por arriba de las piedritas del camino; sentía el viento que yo misma hacía en los cachetes y en el pelo, que se me iba para atrás; me sentía poderosa, segura, canchera. Iba por el parque como si fuera un bosque encantado hecho para mí, lleno de misterios por descubrir solo arriba de una bicicleta; me sentía la reina del rodado dieciocho. 

Siempre que paso un tiempo sin subirme a la bici me pasa algo parecido: me siento más alta, me siento que floto. El viaje por Sicilia en bici me devolvió muchas de esas sensaciones de poder y de libertad —no sé si hay dos palabras que combinen más con bicicleta.


Habíamos parado tres días en Castellamare del Golfo porque no paraba de llover. La noche anterior a salir a la ruta me cayó pésima la comida. Esa noche no dormí casi nada, me despertaba con la luz que entraba por la ventana del techo del entrepiso, daba vueltas, pensaba.
A la mañana salí a la ruta con una sensación horrible en el pecho, la de una angustia secreta, esas que llevan un tiempo ahí y se van poniendo cómodas porque no las sacás y entonces empezás a convivir con ellas.
El camino venía en bajada y yo me movía empujada por la fuerza de la gravedad, sin pedalear, y veía la subida que se venía.

Todo lo que sube, baja, o todo lo que baja, sube, y ya sé que en Sicilia si hay un puente que cruza un arroyo ese puente es un arco, entonces hay que hacer un esfuerzo por subirlo, pero después baja. También sé que si pedaleo en dirección al mar las chances de ir en bajada aumentan y que siempre que vayas hacia el centro de la isla van a crecer las montañas, así que habrá que subir. A veces, estoy arriba de una colina y veo la montaña rusa de desniveles que hay de un punto al otro y me pregunto por qué no surcaron túneles o hicieron un puente para llegar, pero no, hay que subir, bajar, subir, bajar. Oscar Niemeyer haría un poema con toda esa topografía.

Sé que los ojos engañan. A veces cuando vengo en bajada viendo la subida que viene de frente, parece que es mucho más empinada de lo que en realidad termina siendo. Es como un efecto óptico de las rutas; hay veces que el camino es muy parejo y con Nico nos peleamos por definir si va en subida o en bajada. Pero también sé que la cabeza engaña más que los ojos.

¿Cómo no querer recorrer las curvas del paisaje arriba de una bicicleta?

Íbamos de Castellamare del Golfo a Palermo, el tramo más largo que habíamos hecho hasta el momento. Yo veía esa subida adelante mío y sentía que los sesenta y siete kilómetros que quedaban iban a ser imposibles. Empecé a revisar en mi cabeza las localidades que había visto en google maps, pensando que si había que parar en el medio íbamos a tener que buscar un lugar donde dormir en uno de esos pueblos.
Me bajé de la bici porque no podía avanzar; sentía que tenía un nene de diez años agarrado a cada pierna. Empecé a caminar con la bici al lado, la empujaba cuesta arriba, a ella, a todos los bártulos que llevaba atrás y a todos mis miedos, y lloraba y se me caía el agua de la nariz, y si me limpiaba los mocos con una mano se me desestabilizaba la bici, entonces los dejaba gotear hasta mi boca y se me escurrían por el cuello, mezclándose con las lágrimas.

Unos días atrás, viajando hacia San Vito, tuvimos que hacer el último tramo de noche. Los autos nos pasaban por al lado y nosotros veníamos subiendo hacía muchos minutos. A mi me quemaban las piernas y no veía casi nada porque estaba muy oscuro. Abría la boca para respirar y tragaba aire frío —por más que estuviésemos en el sur, era diciembre y cuando bajaba el sol el frío aparecía de un segundo al otro. Yo me ahogaba en mi tos y en las lágrimas que me salían. Me asusté, porque el tramo no terminaba más y yo no sabía si respirar o llorar o caminar porque no me daba el aire para hacer todo junto.

Con la subida de frente, la bici al lado, las lágrimas y el dolor en el pecho, sentía que estaba yendo a Palermo bajo el efecto de un viejo trauma. Le tenía miedo a la sensación de ahogo que había sentido aquella noche. El trauma psicológico del miedo al ascenso. Parece irónico que me dé miedo subir, elevarme, es como si me diera miedo seguir o crecer.

Me moría de vergüenza avanzando a paso de hombre, me daba vergüenza gritarle a Nicolás para que frenara. ¿Entonces nunca más voy a poder enfrentarme a una subida? ¿Cómo voy a hacer para viajar por el resto de la isla?
Lo llamé a Nico con la voz quebrada y le pedí que por favor me diera un abrazo. Me habló, yo dejé de llorar y me dijo cosas como que si había que caminar, se caminaba, que él estaba dispuesto a ir más lento porque nadie nos corría, salvo nosotros mismos.
—Lo que importa es llegar —me dijo.

Esta soy yo, con mi monstruo de las rutas. Y así es como me siento en las subidas, con mi monstruo que me empuja desde abajo, y yo que me quedo siempre en el mismo lugar hasta que es tanto lo que me empuja que empiezo a retroceder.

Castellamare del Golfo es una bahía pesquera. Hay días que el agua está tan quieta que parece una gran manta.

Hay como un efecto mágico en las palabras. Cuando escribo, siento esa tranquilidad de que estoy dejando nota de mi vida y eso me hace sentir que cada día pasó algo y sentí algo, como si cada día tuviese algo para decirme. Cuando hablo de cómo me siento, se me van aflojando las partes del cuerpo.
Hablé y se me fue eso que me aplastaba el pecho; ahora hablaba y respiraba. Me sequé la cara y me subí a la bici, mis piernas habían cambiado de actitud. Me puse un auricular en la oreja izquierda para escuchar música y me ví, algunos kilómetros después, cantando y moviendo la cabeza para un costado y el otro, y entonces el camino se convirtió en ese paisaje maravilloso siciliano y me ví contemplando una montaña rojiza, majestuosa, alta, que me miraba, como recordándome que la angustia me había dejado ciega.

Cuando apareció el cartel blanco con letras negras que decía PALERMO, Nicolás, que venía adelante mío, giró la cabeza y me lo señaló, sonriendo, y yo levanté la mano con el puño cerrado y grité un «¡vamos!» de cancha, muy de adentro, mientras se me caían lágrimas, como premios al esfuerzo.

Cuando se empieza a aclarar la cabeza es como cuando se empieza a despejar el cielo, salís del túnel oscuro y la topografía se asoma.

Cuando pedaleo siento cómo la energía fluye cíclica entre mis pies, mis rodillas, mis piernas, mis dedos, mi espalda, mi cuello. Pedalear —así como nadar— es un acto de soledad entre mi cabeza y yo, pero también es una fusión con el entorno. Cuando nado —o pedaleo— también soy un ser que fluye en un medio y para mí, el agua —o la ruta— y mi cuerpo son parte de lo mismo.
Llevo conmigo la ciclotimia del mar.
En la ruta paso por todas las mareas, altas, bajas; a veces mis emociones son olas que llegan muy alto y rompen en la orilla, a veces me ahogo en mis propias tormentas y a veces me calmo y me vuelvo una pileta. Cuando todo se estabiliza, me siento un ser que fluye, que disfruta arriba de la bici, y siento cómo el cuerpo se mueve, avanzo y mis pensamientos corren: ahí es cuando más conectada me siento conmigo, cuando lo único que tengo es el presente.


Nauta es aquel/aquella que navega. La etimología de navegación viene del latín navigare, que si lo desarmo: navis (nave) agere (llevar a cabo, conducir, mover).
Ciclo viene del latín cyclus (círculo).
Me gusta pensarme como una ciclonauta: aquella que conduce su nave-bici por las rutas. Las ruedas, giradas por la fuerza de su propio cuerpo, la mantienen en movimiento.


Para ver: El poema en la curva
El arquitecto brasileño Oscar Niemeyer dibuja, en tres minutos, lo que interpreta de la topografía y el paisaje de Brasil, y lo transforma en una idea de arquitectura. La soltura con la que se mueve su mano, la fluidez del dibujo y la fusión entre paisaje e idea, me maravillan. Pienso que las curvas de Sicilia son un poema y son dignas de ser recorridas en bici, despacio, fluyendo.

7 comentarios

  1. Me emociona mucho todo lo que escribiste, esos recuerdos de infancia , estos recuerdos más cercanos y esta travesía por Sicilia .
    Me pone muy feliz que puedas expresar tantos sentimientos y más aún que los compartas …..
    Admiro tu riqueza en el vocabulario expresando tantas vivencias y tantos sentimientos, encontrando las palabras justas y adecuadas para hacerlo.
    Qué maravillosa experiencia están compartiendo!!!!
    Mami

    1. Author

      Muchas gracias!!! A veces no me es fácil animarme a compartirlo, pero me alegra que lo hayas disfrutado y vivido conmigo aunque sea a través del relato!

  2. Hermoso relato Belén y hermosa conexión del adentro con el afuera. Escribís y transmitís con mucha claridad tus sentimientos. Futura escritora.

  3. Hermoso relato Belén. Expresas con mucha claridad el adentro y el afuera y excelente transparencia de tus sentimientos. Futura escritora.

    1. Author

      Gracias!! Gracias por estar del otro lado, leyendo y acompañándome.

  4. María Belén, queremos foto de vos chiquitita en esa bicicleta.
    Tu Primo.

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