Analogía del mar

¡Que extraño es todo hoy! ¡Y ayer sucedía todo como siempre! ¿Habré cambiado durante la noche? Pero si no soy la misma, el asunto siguiente es ¿quién soy? ¡Ay, ese el gran misterio!
Lewis Carrol, «Alicia en el país de las maravillas»


Dos días antes de que empezara el verano me metí al mar. Estaba en Catania y ahí no hay playa: no se puede ir corriendo a la orilla porque la arena quema o barrenar una ola o saltar en el agua cuando la ola todavía no rompió, porque en Catania el borde con el mar es todo escollera y el mar es una pileta: hay algunas bajadas al agua —las pocas que no son privadas— que los vecinos usan para veranear y refrescarse, pero un “día de playa” implica estar sentada en piedras negras de lava todo el día —se aguanta un rato y después se vuelve incómodo. 

Seguí con la mirada a un señor para ver cuál era el rincón de acceso al agua, ese que conoce la gente local. Lo ví bajar entre dos piedras altas y tirarse para adelante con los brazos en flecha. En la fila seguía una señora, que se mojó los brazos con las manos antes de hacer lo mismo que el señor, y después me tocaba a mí. Bajé con cuidado y pisé la primera piedra y sentí las algas, rojas y esponjosas, en las plantas de los pies. Me empezó a dar cosa.

Nunca tuve miedo de meterme al mar. En la costa argentina el mar es un quilombo: oscuro y revuelto, pero como puedo tocar la arena con los pies me siento anclada. 

Tenía las manos encastradas en las piedras, no las solté ni cuando me tocó los dedos un cangrejo. Vino un oleaje y me soltó de los agarres: el mar me abrazo por los costados, me dijo metete, dejate de joder, y termine en horizontal, haciendo perrito, con la cabeza afuera del agua. 

Avancé mar adentro, con patada de crol y brazadas cortas, y sentí una corriente fría de agua en el pecho. Se me metió el frio en el cuerpo y sentí como me temblaba la mandíbula. Me dije me muevo más así entro en calor, pero sentía el frío hasta el esternón y no me lo podía sacar. Empecé a respirar agitada por la boca, como cuando freno a respirar después de pedalear una subida muy empinada y las inspiraciones no me alcanzan para llenar los pulmones; iba dando bocanadas de ahogada, tratando de sentir el aire circular por mi cuerpo. Con la cabeza afuera del agua hice un escaneo 180: me vi lejos de la costa y me dio más miedo, me dije vuelvo

Seguía en esa posición de mierda, moviendo piecitos y manitos con la cabeza afuera, más cansador que cualquier otra forma de nadar. Me maree por dentro. No quería hacer movimientos grandes ni con los brazos ni con las piernas porque pensaba que me chocaba con las rocas abajo del agua —aunque el agua es transparente, no las veía porque seguía flotando en esa posición incordiosa. Empecé a moverme más, me dije calmate, me prometí autocontrol y empecé a bracear sintiendo que no avanzaba, que una corriente me chupaba para adentro (no se movía una gota de agua: el mar era un lago). Saqué más fuerzas, convencida de que el mar no me iba a ganar, de que yo sé nadar y que tengo la fuerza suficiente para avanzar; volví a la orilla y toqué las piedras con las manos con la emoción del náufrago descubriendo tierra firme después de días flotando en mar abierto. Me reía, quería llorar y tenía descontrolada la respiración, como un perro con sed.

*

Acampar libre con el miedo a lo desconocido.

Me fui de casa hace varios meses y no sé qué sería volver. Un viaje indefinido es estar viviendo en ese mar de piedras todo el tiempo, siendo una hormiga, un piojo, un puntito en el planisferio: pasé veintiocho años viviendo en un mundo finito, y estando en movimiento me separé de mí misma para tomar conciencia de todo lo que puede ser mi vida. “Nos crían como agricultores y vos después te querés hacer nómade”, me dijo Nico. Cómo no vas a tener miedo.


Hace poco leí sobre la ataraxia —ese estado de ánimo en donde no hay pasiones ni deseos que alteren el equilibrio mental— que aparece cuando nos conformamos con el tipo de vida que llevamos, cuando dejamos pasar un día tras otro y no queremos más de lo que tenemos. En el budismo, por ejemplo, la ataraxia es sinónimo de felicidad: es no dejar que nada te altere, estar en un estado constante de observación y aceptación. Hoy no puedo sentirme más lejos de eso. Como si las emociones fueran malas, como si el conformismo fuera una meta que alcanzar; estar pasivos frente al mundo en donde vivimos me parece un acto egoísta. La vida ataráxica, los órdenes de la vida agrícola frente a un planeta que está en peligro de extinción y que a la vez es tan rico y diverso, me dan dolor de cabeza. 


Hace dos semanas volvimos al movimiento y por dentro también se me movilizaron las ideas. En el mar Tirreno me tenté de la transparencia del agua y me puse las antiparras y entré.

La vida en Catania en cuarentena se había convertido en la cabaña segura, en la quietud. Empaparme en la naturaleza fue romper con la seguridad que habíamos creado —por fuerza mayor— cuando no quedó otra opción más que esperar encerrados sin poder armar un plan.

El mar parecía una pileta con piso natural, veía el fondo como cuando hacia los largos en la pileta del club y seguía la línea negra del andarivel dibujada sobre la pintura azul del piso: ahora el fondo eran las piedras grises, las rocas marrones. Empecé a ver, con la cabeza en el agua, que ahí abajo habían cosas: las plantas marinas creciendo entre las rocas, los peces —grandes, chicos, un cardumen—, el piso como una extensión de lo que está afuera pero tapado de agua: un mundo entero que veía desde arriba; me sentía colada en una casa habitada, flotando a tres metros de altura con la mirada hacia abajo: ahí dejaron el café en la mesa, ahí hay alguien durmiendo en la cama, allá una ventana abierta.

Los peces nadan entre mis tobillos y ya no me da impresión, convivimos; vi medusas y espié cómo se movían según la corriente del agua. Sacamos la cabeza afuera —Nico y yo— para mirarnos y decirnos “guau, lo que es esto”. Estábamos literal, nunca tan literal, bajo del mar. 

Desde ese chapuzón en Catania hasta hoy, aunque no pasó ni un mes, me veo tan cambiada, atrevida. Me separé del miedo y descubrí un mundo más grande: no somos solo lo que está por arriba ni el mar es un abismo negro o algo que tenemos que mirar desde la orilla. Con el miedo de costado el mundo se abre; es la madriguera de Alicia: hay que encontrar la raja, pasar y ver.

Elijo viajar así porque prefiero sentir el miedo, bajar los pies al agua las veces que haga falta hasta que me anime a meter la cabeza y abrir los ojos. El miedo me advierte: adelante tuyo tenés la aventura de la vida.


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