7 cosas que NO me gustan de vivir en Edimburgo

Tengo muchas razones por las que me gusta vivir en Edimburgo, la capital de Escocia. Sin embargo, ningún lugar es perfecto y esta es una lista de las cosas que me más me molestan de mi vida en este lado del mundo.


Este año empecé a tomar vitamina d. El inverno pasado sentí una fuerte baja de autoestima de la que fui consciente una vez que la había pasado, hacia la segunda mitad de enero. Este año decidí estar más preparada.
En Noviembre, justo después de que cambia el reloj y los días se adelantan una hora, de repente son las cuatro de la tarde, está todo oscuro afuera y el día se terminó. Me empiezo a preguntar qué voy a cenar, me pongo el pantalón pijama, prendo velas. Noviembre es el inicio del invierno, aunque técnicamente sea todavía otoño, pero el shock estacional es tan fuerte y ocurre tan de un día para el otro que puede ser peligroso para mi salud mental. Entre noviembre y febrero los amaneceres son después de las 8:30 y el sol está tan bajo que no calienta la piel y parece que siempre está por atardecer.
Además, Edimburgo es una ciudad oscura: la ciudad vieja es como un laberinto de piedra medieval alumbrado por faroles, tenemos muchos grandes espacios verdes que son bocas de lobo por la noche y la fauna (los zorros, los ciervos) salen sigilosos a buscar comida o a caminar por los parques, por eso no queremos disturbarlos con mucha luz. Hay calles que son tan oscuras y silenciosas que parecen peligrosas y la vida urbana en las calles parece terminar más temprano en los meses de invierno, a veces hasta me siento en falta si salgo tipo ocho a caminar por mi barrio. ¿Había toque de queda y no me enteré?
Superar la oscuridad para mí es encontrar un montón de planes para hacer adentro de casa, pero también tener algunos planes y actividades para hacer después de navidad, cuando no queda nada, absolutamente nada que valga la pena esperar hasta, al menos, el inicio de la primavera.

30 de noviembre 2023, 16:29hs.

Durante mis primeros años acá me pregunté por qué mi vida social había cambiado tan drásticamente. Me culpé de no hacer un grupo de amigas, de tardar tanto tiempo en volver a juntarme o hablar con alguien. Me reuní con varios argentinos desde que llegué a Edimburgo (mi estimación, según datos oficiales del día que Argentina salió campeón del mundo) es que en Edimburgo y ciudades cercanas hay entre 70 y 100 argentinos viviendo; sin embargo, yo solo tengo una amiga argentina que conocí acá y, aunque he salido o intentando construir vínculos con otras argentinas, nunca pude armar un grupito latino de pertenencia. Mis otras amistades son internacionales: una amiga alemana (que se volvió a vivir a Alemania después de que nos hicimos bastante íntimas), una amiga húngara y un puñado de compañeras escocesas de trabajo con las que no me junto tanto pero charlo de la vida. Personas que aparecen y desaparecen, amigos de, una salida a comer y tomar algo con un grupo de españoles y ucranianos, una pizza y cerveza ocasional con una chica italiana que conocí en un curso, y así, como la gente de un hostel, un día te despertás en tu cama y alguien de la cucheta de enfrente ya no está.
La vida social, quizás en este clima, quizás en esta isla, no es espontánea sino planificada (muchos trabajamos con días rotativos, o los fines de semana, lo que hace aún más difícil coordinar los encuentros), las casas en las que vivimos suelen ser departamentos pequeños (porque alquilar una casa grande en la ciudad es caro) y las reuniones suelen ser en un pub, y a muchos nos gusta viajar (levanto la mano) y estamos todo el tiempo organizando a dónde irnos los findes largos o los días de sol. Sumado a que Edimburgo es una ciudad muy internacional, llena de estudiantes de Europa, de Asia, todo contribuye a que las amistades y la vida social se desarrolle muy diferente a la que era en Argentina o es, quizás, en otros países “latinos”. No tengo domingos en lo de mis viejos, visitas a los abuelos o after-office con alguno de mis grupos de compañeros de alguno de los tres trabajos que solía tener en Buenos Aires.
Tal vez por eso organizo tantos viajes: a visitar a mi hermano que vive en España, a encontrarnos con amigos por el mundo. Viajar a Argentina es muy caro para mí y para Nico en este momento y es por eso que disfrutamos tanto cuando tenemos visitas y nos gusta tanto recibirlas en casa (¡están todos oficialmente invitados!).

Cada vez que Nico y yo vemos un grupo de muchachos con chalecos flúor y una retropercutora en la vía pública decimos: ¡ah, ahí están rompiendo la calle de nuevo!
No encuentro las palabras para describir el estado de las calles de esta ciudad: parches sobre parches, fracturas en el pavimento que te llevan al upside down de Stranger Things. Un día de lluvias fuertes bastan para que las esquinas se inunden. Hay bici sendas despintadas, bici sendas mal hechas, repavimentación sin apisonar (y por ende piedritas voladoras cuando pasan los autos). Andar en bicicleta por Edimburgo es un deporte extremo. Siento que atan con alambre, que hacen un poquito en un lugar y vuelven meses después y cambian todo. Esta debe ser una de las cosas que más me molestan de vivir en esta ciudad.

En un día promedio suele haber vientos de 30km/h. Si es un poco más, los trenes se cancelan (alerta meteorológica por tormenta de viento). Viene sin aviso: una mañana estás pedaleando al trabajo y una ráfaga te golpea, como un peatón torpe que te choca el hombro. Es molesto, es tan molesto que es peor que la nieve, que la lluvia o el frío. Se me vuela el pelo y no veo, no escucho; si llueve y hay viento la lluvia puede ir de abajo hacia arriba, venir de costado. El viento hace que el frío sea más frío. No se puede usar paraguas porque se dan vuelta. Se vuela la basura, los papeles en la calle. En verano, viento. En invierno, viento. Puede que en una cuadra no haya viento, pero en la otra hay. Tal vez más de un 60% de los días del año son ventosos. Le reconozco que lo único positivo del viento es que se lleva más rápido las nubes y el clima puede cambiar más rápido: nuestra única esperanza.

Las gaviotas son la mayor amenaza de esta y todas las ciudades de Escocia. Evolucionaron y ya no se conforman con vivir cerca del mar y comer pescado. Viajan kilómetros ciudad adentro para robar sándwiches de las manos de los niños, revolotean en la ventana de mi departamento en un segundo piso, listas para entrar; se paran sobre las mesas de los bares en verano y agarran papas fritas, vuelcan los vasos de cerveza. La gente les tiene miedo, pero ellas ya no así a los humanos. No hay forma de ahuyentarlas porque no se van con un ruido de palmas o una patadita al aire, como haría una paloma. Abren las bolsas de basura con sus picos enromes en busca de pan u otros comestibles y dejan un enchastre en la vereda. Son malas. Todos deberíamos temerles y un día de estos van a conquistar Edimburgo, o el mundo.

Si combinamos el punto IV con el punto V y le sumamos gente irresponsable, todo eso dividido que la recolección de basura es una vez por semana: nos da como resultado una ciudad que pasa más tiempo sucia que limpia. Como factor externo se suma el turismo de verano y, si ocurre como el año pasado (una huelga de recolectores que nos dejó tres semanas sin recolección de basura), tenemos una bomba de tiempo. Ya sé que podría ser peor, ya sé que no es tan grave, estoy exagerando un poco, pero, honestamente caminar por un arroyo, por un parque o por un sendero para peatones, en un lugar tan hermoso, rodeada de árboles, y ver las latitas de Coca Cola y los envoltorios de Lays en el pasto, enganchados en un arbusto, o ver cómo queda la playa de Portobello un sábado a la noche, me duele en el medioambiente.

Esta es la fórmula:

En la lista de sistemas que no entiendo o me parecen injustos, una es la famosa licencia para tv: la ley establece que hay que pagar por el derecho a ver la tele o descargar programas de la BBC, incluso por ver transmisiones en vivo de otros países usando, por ejemplo, una VPN. Sale unas £150 al año. ¡Todo está tan controlado en este país! Y esto ya me parece un poco mucho.

Dejo abierta esta lista para seguir completando más adelante.

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